La Perinola

Como en un juego la vida da y quita. Pero la perinola es accionada por fuerzas absolutamente humanas. Pensar la realidad cotidiana es el objeto de estos apresurados apuntes críticos.

domingo, 16 de agosto de 2015

Desacrificializar la vida.

Los poderosos urdieron la trama siniestra del sacrificio para someter a todos los vulnerables. Religiones y filosofías fungieron como garantes trascendentes de las situaciones que causan dolor.  Se naturalizó el dolor como peaje hacia un incierto bienestar pospuesto hacia un futuro cada vez más móvil e inalcanzable.
Por eso se trata de perfomativizar teorías desacrificializadoras, decirlas y actuarlas. Atreverse a invertir el dibujo de los cielos y poner en el ahora el ingreso a la vida digna. Desautorizar a todo lo que está autorizado hasta la sacralización. Viejos apotegmas (Ni Dios ni amo), execrados por las inquisiciones monárquicas, burguesas y religiosas tienen que ser recuperados pero ya no sólo como discursos sino como concreciones. El poder de la vida tiene que pasar al pueblo. Hay que conquistar las puertas del infierno, hay que reírse a carcajadas sostenidos por morales de burdel.
La vida no es el sacrificio de recomenzar en la pobreza después de un golpe que te ha dejado aún más pobre. La vida ha de ser la fiesta de reapropiarnos de todo lo que nos fue expropiado tras siglos de tiranías celestiales y vicariatos terrenales. Por el goce, por la dignidad, por la risa: carnavalizar la existencia y hacer que cada día sea una ocasión propicia para disfrazarnos de los que más placer nos cause.

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sábado, 15 de agosto de 2015

Reggaeton y bibliotecas. Hacia una moral del burdel.


La espiritualidad de receta abreva en las nubes que rodean al planeta Tierra. ¿Será porque se parece a las predicciones meteorológicas, de extraordinario seguimiento, que sus exhortaciones son devoradas como el pan caliente de las mañanas llenas de hambre?

Yo pienso en una espiritualidad de galaxias, esto es, una espiritualidad sin medida, ilimitada. Sin quitarle un ápice de inmanencia histórico-geográfica, pienso una espiritualidad que incursiona por los infiernos y los cielos en idénticas proporciones. A las morales beatíficas se me ocurre oponerles una moral de burdel, ruidosa, escandalosa, glamorosa. Mucha música, quizás reggaetón (digo por su sensualidad desmedida), mucho champagne, mucho whisky y mucha algarabía. Caras de personas que ríen de la muerte y que apuestan a un mundo donde los administradores del dolor sean exiliados para siempre a las aburridas y silenciosas bibliotecas del Cielo. 

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viernes, 14 de agosto de 2015

BELLEZA DEL PIE, IMPENITENCIA Y LIBERTAD.

La belleza de los pies debe ser reprimida tanto en su exhibición como en su elogio por parte de quien la admira.  Secreto venéreo que rompen las mujeres libres y los sibaritas impenitentes. Con todo, suele la libertad femenina venir acotada al glamour que proporciona esa maravilla del arte y la tecnología que es el high heel. Las mujeres más libres, las libérrimas, añaden a esa verdad patente el goce de la seducción, la conciencia de la lascivia y el deseo incontrolado.

El amante de los pies cuando se expresa cae en la jaula del voyeurismo o en la patalogía del fetichismo. Pero por suerte hay gente libérrima que se ríe de los motes inquisitoriales y se desplazan por el mundo regidos por las leyes desestabilizadoras del deseo y la belleza. 

martes, 11 de agosto de 2015

AMPLIACIÓN DE LA SENSUALIDAD Y LA SEXUALIDAD.

¿Qué determina la sensualidad de algo? Indudablemente que se trata de una cosa o una acción vinculada a una excitación de los sentidos y a su traducción mental en términos de deseo, fantasía, satisfacción y plenitud. De esta primera aproximación podemos efectuar diversas inferencias aclaratorias. Por una parte desechamos el equívoco recurrente que disocia a la sensualidad de la sexualidad. Saltar ese yerro profano abre un laberinto de ricas experimentaciones sensoriales que conducen a un concepto ilimitado tanto de lo sensual como de lo sexual.
Si pensamos en el pie y en el zapato, de quienes muchos dicen que son objetos sensuales, podemos efectuar una analítica fenomenológica de lo que ellos suscitan cuando les adjudicamos este carácter de sensual. La forma y el tamaño configuran los impactos cósicos más importantes. Las desproporciones y los defectos, generalmente, debilitan o anulan el efecto sensual del pie. Por cierto que dentro de la forma incluimos el color, el largo de las uñas, la curva del arco, la suavidad o aspereza de la piel. Todas estas cualidades o potencias nos hacen advertir la desmesura hedónica que se obtiene de cruzar los conceptos sexualidad y sensualidad a propósito del pie.
La moral de catecismo clausura estas asociaciones y priva a los humanos de experimentar consigo mismos potenciando los órganos de producción, recepción y concesión de placer. La sexualidad no puede restringirse a los órganos reproductivos ni a las zonas conspicuamente tenidas por erógenas. Mucha piel se abre al placer cuando dislocamos a lo sexual de la procreación y, en ese sentido, creamos un ser recorrido por tensiones eróticas que se extienden desde los pies a la cabellera.

La estupidez de las psicologías normalizadoras califica de perversiones o parafilias a todas aquellas conductas sensuales que equivocan el objeto normal del deseo. Los fetichismos se multiplican porque se entroniza como efector sexual al pene y a la vagina. Centímetros de la piel actúan como espacios restrictivos del goce sexual condenando al cuerpo a un exilio tortuoso del templo morboso de los placeres. 

martes, 19 de mayo de 2015

Cuerpo y palabra.
Las palabras construyen el mundo, trazan las cuadriculas de lo real y hacen posible el intercambio de ideas. Por eso la posesión de la palabra resulta tan relevante. Nombrar las cosas nos adueña de ellas y mientras más límpidamente se pronuncien los nombres, más exclusiva y hegemónica se torna la posición del emisor. La solidaridad verbal, el compromiso intelectual están hechos de esta sustancia discursivo-ontológica y la precisión- elegancia del decir ilustrado opera como un artefacto que aumenta y potencia el prestigio del enunciador. Quienes detentan la lengua de la realidad son, naturalmente, los apacentadores del ser y se les reservan los lugares luminosos para hacer visible a los balbuceantes el esplendor de la verdad del ser.
Sospecho que más allá de la palabra sintácticamente perfecta late la carne con su lenguaje orgánico, con su lenguaje de vísceras. Creo que más acá de la palabra dolor hay algo indecible que recorre el delta neuronal transportando los heridos residuos de la piel. No postulo un dualismo ontológico, postulo una realidad corporal que no se deja atrapar enteramente por la palabra: la ira, el grito, el llanto traducen un acontecer subterráneo en el que no existen jerarquías, prelaciones, supremacías.  
Inversión radical y revolucionaria o más alisamiento definitivo de las pirámides jerárquicas del dolor. Un ligero y leve montaje de una pirámide del dolor para decir simplemente que el cuerpo no se deja apresar absolutamente por la palabra y que las palabras no pueden ser el material con que se levanta el trono de los poderosos. Parificación ontológica que asume al dolor como un punto de partida fenoménico que debe suprimirse inmediatamente mediante dispositivos  de la alegría: esto es mediante la justicia, la solidaridad y la cooperación entre todos los cuerpos, sustrato último de lo antropológico.
 

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sábado, 16 de mayo de 2015

PALABRAS PRONUNCIADAS EN OCASIÓN DE LA PRESENTACIÓN DE MI NUEVO LIBRO DE POEMAS "JARDINES DE HEDONIA. LAS FLORES DE LA PIEL".

El libro es paradójico (o por lo menos yo lo encuentro paradójico porque engloba las tensiones y contradicciones que me constituyen y que no se ven necesariamente en los poemas). Todo el libro tiene un sabor añejo. Por ejemplo, la concepción del amor como pathos que precede a las tempestades sexuales o a los crímenes de los amantes despechados, concepción temática que por lo demás me parece desvaída por haber sido tan intelectualizada, tan psicoanalizada, tan amarillada, que parece constituir un tema demodé, gastado, cursi y acaso reaccionario.
Todo en el libro es viejo, todo está cercado por un desuso que, sin embargo no refiere a la nostalgia, sino más bien que me impele a escudriñar cómo será la virulencia de los amores nuevos, aquellos amores que eran clandestinos y execrados cuando mi sangre estaba encarnada en las rosas rojas y en los ceibales. Mi hipótesis es que debe haber mucho de sorprendente en los nuevos amores y por ello necesariamente deberé rever mi creencia en lo vetusto de estos versos. O siendo más radical aún, aseverar que no existe lo vetusto y más bien todo existe en un caos maravilloso y multiplicador.
Los jardines a los que alude el título han desaparecido porque carecen ya de sentido los rosedales y las glorietas de glicinas. Y otra vez no me siento melancólico porque ello ocurra, y, antes bien, recalo en el pensamiento de que el amor carece ya de escenarios y es capaz de acontecer en los lugares rebeldes que la urgencia de la ganancia no es capaz de capturar en un mundo donde todo lo domina el capital sin sangre. Por eso dejo abierta la posibilidad de que los amores cibernéticos inventen flores digitales y los besos, postergados en la carne real, constituyan un dolor intenso como el que en algún momento dibujan los versos de mi libro.
Hedonia, a su vez, es un no lugar, una utopía, un futuro espacio que habla de los amores que ya se consumieron y de amores que se formulan en nuevos lenguajes amorosos. Creo que allí persisten en potencia las flores de la piel, esas flores que, ahora, los tatuajes remedan con belleza artística y gritan su presencia escandalosa en los cuerpos desnudos modificando concupiscentemente la historia de la carne y del deseo.
Se ve pues, que con todo lo viejo que hay en el libro, estoy muy lejos de creer que se trata de una pieza de museo, es decir de una pieza muerta. Creo que los Jardines de Hedonia están vivos. A veces hay que hurgar hacía adentro para oler el magnífico perfume de las flores de la piel y otras veces hay que dejarse interpelar por un lenguaje que procura restituir el erotismo en un mundo donde las tecnologías del deseo están en condiciones de proveer una parafernalia erótica jamás imaginada. No me cabe duda de que una erótica libertaria ha de ser capaz de proporcionar sensualidad poética a los juguetes sexuales reafirmando en el amor su condición de pathos.

Este libro de temas viejos no está inscripto en la derecha amatoria, es un libro de libertarias propuestas que, en su descreimiento por los principios, aboga por el milagro revolucionario de mutar las cosas. Es un libro de la metamorfosis erótica que está sostenido en la reformulación de Hedonia y en la reformulación del presente: es decir es un libro que no tiene arjé ni telos, y por eso está vivo en la potencia de las flores de la piel. No hay resignación alguna en el libro, antes bien hay una constatación de lo mágico que resulta la pluralidad, la diversidad. Todo el libro es un elogio de la todoposibilidad, incluida la posibilidad de que el pathos amoroso configure la sustancia unitiva de los cuerpos que se buscan con desesperación para saciar en un instante infinito la sed de placer.
(En la foto, a la derecha el Profesor. Hugo Aguilar, autor de un meduloso y generoso prólogo)

jueves, 26 de marzo de 2015

El cuerpo de la historia. Los seres ocultos.

Que el invento histórico devore, en su ficción ontologizada, a los cuerpos no significa que los cuerpos no existan. En rigor solo los cuerpos con sus afecciones, alegría y dolor, son los protagonistas de la vida, y por ende de la historia de lo humano. La carne es el último reducto ontológico en que se inscribe la inteligencia y la razón. Todo discurso es, en última instancia, verbalización de la piel, lenguaje de la sensoriedad. Y los cuerpos han estado ocultos en esa historia de espectros que cobran densidad en las estatuas, los monumentos y los mausoleos. Los cuerpos han sido el abono de la tierra, el mutismo intelectivo, el silencio del sentido. Transformaciones alquímicas que mutan lo más concreto en lo más inasible y en lo menos recordable. Pero no es casual el olvido del cuerpo, porque el cuerpo remite a la fragilidad y a la grandeza de la existencia de la especie humana. Es decir que remite a la mutación, a la varianza, a todo aquello que pretende ser contrarrestado en las narraciones de la historia ontológico-filosófica.

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domingo, 22 de marzo de 2015

POST-ERÓTICA. Una ampliación desregulada de los erotismos.



Post-erótica es un concepto provisorio que indica una tarea deconstructiva de la hegemonía normativa que define qué es lo erótico. En ese sentido se trata de ir más allá de los velos, los filtros, las lejanías, las etereidades, las totalidades, las sublimidades, las bellezas angélicas, de las ambigüedades.
Post-erótica designa a un conjunto de recursos estimulantes del deseo que insisten en lo explícito, las desnudeces obscenas, las bellezas diferentes, las partes, las aproximaciones descaradas, las fragmentaciones, la luminosidad.
Post-erótica es una noción experimental que multiplica lo erótico en desregulaciones monstruosas que contradicen el clasicismo clasista y heteronormativo del erotismo exaltado hasta su angelización.

jueves, 29 de enero de 2015


El “pecado” de la carne.
La cultura ha hecho de nosotros seres eróticos. No existe el erotismo de la carne si no interviene ese poderoso modelador llamado deseo y su compañera incondicional de desenfrenos amorosos, la fantasía. Quiero decir que el continente biológico configura un sustrato estructural donde se yergue el lujurioso constructo del símbolo cultural. Aquello de que la cultura no puede construir el suelo deseable de la carne es, por cierto, una verdad a medias. Las tecnologías de la sensualidad suplen estéticamente aquello que natura no ha prestado.
La voluptuosidad de la carne, el “pecado” condenatorio de la lubricidad existen merced a códigos sancionatorios y a incentivos hedónicos. No hay pecado en la intimidad sexual de los animales (seres a los que indudablemente pertenecemos como especie): el “pecado” lo introduce la sed lujuriosa, la debilidad ante la carne, el apetito concupiscente.
La carne es irresistible. No en vano el anacoreta se aísla del mundo para evitar la tentación más poderosa, la de la piel. El monje se flagela para negar el llamado inapelable del deseo carnal. Aunque pareciera que describo la conducta de un ser “primitivo” o “infantil” ante la contundencia del cuerpo, lo cierto es que no existe el acostumbramiento anonadador ante la patencia de la desnudez. Aquellos que trabajan con sus cuerpos desnudos no controlan el escozor erótico e incurren en el “pecado” lujurioso.

¿Ello determina una invariancia ontológica que contradice lo que acabo de afirmar en cuanto a la historicidad cultural del erotismo? La respuesta es negativa, porque el erotismo adopta formas cambiantes, novedosas, plásticas. No hay remate erótico porque éste jamás adquirirá la fijeza de la biología, más allá de que las biotecnologías, aquellas tecnologías que intiman inteligentemente con la carne, seguramente intervendrán en la forma biológica de la sexualidad haciendo que tampoco exista remate en la dimensión zoológica. La Mutación, el cambio, la transformación es la única regla.

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jueves, 8 de enero de 2015



La institucionalidad religiosa y el terror.

Cuando dios deja de ser una sustancia unitiva que todo lo religa amorosamente y se organiza en un cuerpo que remata en la visibilidad indiscutible de una cabeza que ordena y regula lo que ahora pasa a definirse como un caos místico (la vinculación cara a cara con todos los órdenes de lo real), estamos ante el terror de la institución. La amalgama amorosa, homogénea e indiscernible se transforma en una organización perfecta donde todo queda delimitado de manera divina e intocable. El terror religioso deviene de esa cesión de lo divino, que en todos y en todo late, en la cabeza rectora del mediador sagrado. La violencia está incoada en esa institucionalidad racional, piramidal, autoritaria, discriminante, vertical. 

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martes, 6 de enero de 2015





LAS NORMAS ESTÉTICAS.
Nuestra identidad es un constructo. El capital genético es apenas una estructura muda. Lo  que nos hace humano es el interactuar con el otro. Cuando decimos “yo no soy sólo este cuerpo” estamos diciendo una verdad radicalmente ambigua, porque en rigor, somos la cultura que interpreta a ese cuerpo. Dicho de otro modo, lo que somos excede largamente la corporeidad, pero eso que somos es corpóreo o material también: es la interacción con el otro que se verifica inevitablemente en la empiricidad física o simbólica. Lo que llamamos espiritual no es sino acomodamientos de pensamientos que se producen al amparo de nuestra complejísima biología.
Si por “cuerpo” entendemos la vida psíquica (espiritual) y la estructura endeble de la carne que nos singulariza como especie animal, podemos, también en la ambigüedad, decir que “yo soy este cuerpo”. Cuando en la complejidad los discursos delimitan, ponderan y jerarquizan modelos corporales, nuestro cuerpo puede o no estar dentro de esos arbitrarios paradigmas.
En rigor, nuestra existencia socio-política, supone esa adaptación conflictiva a los modelos hegemónicos. Sentirnos enjuiciados por nuestra fenomenología corporal es el precio de nuestra condición humana. Todo es digno de su supresión: los paradigmas deben ser destruidos por la vida que es dinamismo y fluidez. Pero en tanto no destruyamos los paradigmas excluyentes el acercamiento a la norma consagrada determina el grado de nuestra satisfacción hedónica en el mundo.

Que la belleza es una construcción caprichosa no podemos negarlo, pero tampoco negar que la adecuación o acercamiento a la norma hegemónica de la belleza constituye una poderosa fuerza de satisfacción o frustración emocional-existencial. 

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lunes, 5 de enero de 2015


NI SACRIFICIO NI DOLOR. LA REVOLUCIÓN AHORA.
En nombre del progresismo político y moral se advierten muchas imposturas. Grandes teorías de constituyen el amparo de concepciones abstractas sin el más mínimo contacto con la realidad del obrar humano. La suposición de escenarios superadores en estadios históricos futuros satisface a los teóricos en sus filántropos vuelos conceptuales. Sus conciencias se tranquilizan en las gratuitas utopías. “Llegará el día en que….” conforma infinitas posibilidades de mundos mejores que nos gratifican con su bella arquitectura amorosa. Pero el problema es el hoy que en sus múltiples conjugaciones demarca un mundo lleno de decisiones ontológicas difíciles de erradicar empíricamente. Quizás sea tiempo de congraciarnos con  lo que es y trabajar sobre su palpitante consistencia. Congraciarnos no supone la aceptación definitiva de la realidad, sino que alude a la convivencia activa con la realidad tal cual ella es. No se me escapa que “la realidad tal cual ella es” es un constructo histórico, socio-cultural, que lleva las densas marcas del poder hegemónico. Pero ello no debe hacernos olvidar que nuestra inserción revolucionaria en la realidad debe hacerse en  “la realidad tal cual ella es”, porque las chances de operar sobre ella transformadoramente se acrecientan. La adhesión a “la realidad tal cual ella es”, sea que se ha obtenido por la inducción perversa de una élite perversa o que se ha consolidado por la aquiescencia científica proporcionada por la educación, es un dato poderoso que debe ser tenido en cuenta. Queremos revolucionar el mundo conservando gran parte de lo conquistado por los sectores más poderosos. No se trata de regresar al pasado ni de recalar en una suerte de pobreza exculpatoria o salvífica.

Habrá tiempo para explorar en la empiricidad y desechar aquello que no conduce a nada. Pero mientras tanto quiero una revolución que involucre mi existencia actual. El discurso de la ética que prescribe la dilación del goce y la promesa del mismo para las generaciones por venir es absolutamente reaccionario: es orgánico a los poderosos y conspira contra la voluntad revolucionario al conminarnos al sacrificio. NI sacrificio ni dolor, la vida debe ser gozada ahora y aquí por todos y cada uno de los individuos que conforman la especie humana.

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martes, 23 de diciembre de 2014

DESEO Y REVOLUCIÓN.



El capitalismo dosifica el tamaño del deseo. No afirmo que el deseo es un absoluto trascendente, pero si enfatizo que la dimensión del deseo sufre la peor de las inducciones mutilantes: la económica-social-cultural. El volumen del deseo se halla en relación directa con los medios materiales y simbólicos con que contamos. Por cierto que las formaciones económicas pre-capitalistas también determinaban desigualdades en la corpulencia del deseo, pero es con el capitalismo y la forma mercancía que el deseo es cooptado por la maquinaría de la producción para la ganancia y se convierte, en su desigualdad, un factor central en la conformación del fetichismo de la mercancía.
El proletario adecua el espesor de sus deseos a las migajas de su salario. La sociedad con sus institutos del suplicio hace circular el conformismo, es decir una actitud anímica de resignación y sacrificio sostenida por vehículos ideológicos que instauran la burla, la mentira y el fraude como componentes normales de la convivencia social: lo fraudulento social dice en diversos códigos que algún día el tamaño de nuestro deseo se incrementará en la medida que se persista en la decencia ciudadana, en la obediencia legal y en la fe trascendente.
Por todo ello es que hablo de la revolución del deseo, esto es una sublevación general que emancipe -aún antes de que se hayan concretado los pasos empíricos en pos de la supresión del falaz espectáculo capitalista- al deseo de todas sus trabas ontológicas para que se convierta en la verdadera medida de lo antropológico. Se trata de desear desmesuradamente, sin cortapisas, sin morales y sin límites legales. El deseo es la medida de la humanidad emancipada.  

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jueves, 13 de noviembre de 2014

El resorte como liviandad mecánica.


Descartes y los Modernos se solazaron en su raro oficio de concebir robots. Mecanizaron el cosmos, los  árboles y los animales. Y también al hombre que mira a la totalidad de la realidad como prototipos fabriles. Sólo que el hombre mira desde la altura que le confiere su estúpida creencia en ser agente de un plus conferido por resabios almáticos.

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miércoles, 29 de octubre de 2014

La impostura de la autocompasión. Una mirada por los jardines anárquicos.

No es común la aceptación de la pequeñez propia. Un terror nauseabundo nos invade cuando advertimos que estamos constituidos por el ínfimo equilibrio que constituye la vida. Esa existencialidad del pánico pareciera aludir a una dimensión ontológica, insoslayable de lo humano, pero se trata, en rigor, un terror aprendido, de un antiquísimo constructo cultural, que pareciera haberse vuelto consustancial a nuestra condición. Para exorcizarlo apelamos a la autoconmiseración, esto es, a una batería de recursos discursivos que estabilizan nuestro terror y disminuyen el frágil equilibrio del cuerpo. Ante el horror de nuestra finitud inventamos el fantasma del alma y su eterna persistencia posterrenal. En las relaciones interpersonales combatimos la fugacidad emocional acudiendo a vínculos que se galvanizan desde la exterioridad, nos tranquiliza la sanción religiosa o cívica asegurando la eternidad de la felicidad conyugal, por ejemplo. Nos empecinamos en negar la contingencia con sus aleatorios resultados y enarbolamos el estandarte entusiasta de la necesidad-universalidad y la contraparte negativa bajo la forma de la resignación. La autocompasión es un racionalización perversa porque configura una negación trascendente de lo que somos en la inmanencia de nuestra animalidad.  Emigrar hacia los jardines de la realidad es nuestro desafío, gozar intensamente del efímero perfume de la rosa, disfrutar del acotado espectro de luz que brinda el día para asumir con renovados bríos los dulces secretos que nos reserva la fugaz noche. Acariciar con fruición y ardor la piel juvenil que habrá de volverse naturalmente flácida con el transcurso del tiempo. Asumir nuestro lógico tránsito por la biología y aceptar nuestras capacidades sin atribuir sus virtudes a los dioses o sus déficits al destino como contracara atroz de las deidades.

En su dimensión ético-política el rechazo de la pequeñez nos conmina a la búsqueda del caudillo todopoderoso que habrá de custodiar la dignidad de nuestra existencia social. Siempre la defección disimulada en los representantes. Nunca la asunción franca de la actitud autónoma y libertaria, esa que nos desconecta de los primeros principios pero nos abre las puertas de la imprevisible libertad.

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jueves, 25 de septiembre de 2014

Las verdades calladas.



Las verdades calladas.
La corrección impone el silencio. Desde pequeños la docilidad se hace nos hace carne. Y callamos ante las amonestaciones injustas de los mayores. La adolescencia nos vuelve un tanto irreverentes, pero un dispositivo ortopédico nos obliga a silenciar las razones de nuestras disidencias. De adultos callamos por corrección(es) que se han multiplicado. Correcciones familiares, políticas, laborales, morales, etc.  Ajustarse a la corrección confiere respetabilidad y ciudadanía, expulsa sospechas e instala en el ser.
Pienso seriamente en una ética del estruendo, en una política de la incorrección. Me parecen los modos posibles para devolvernos la libertad engrillada en el silencio de la corrección.

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sábado, 6 de septiembre de 2014

Multitudes queer,, desinstitucionalización y epistemologías de la perversión.



Multitudes queer, desinstitucionalización y epistemologías monstruosas.
Que la universidad se llene de multitudes queer, donde queer no sólo signifique sexualidades y géneros desregulados, sino también apóstatas étnicos, raciales, sociales, culturales. Que este espacio vetusto que cobijó por siglos la mismidad aristocrática y la pureza del saber, se erija en un espacio de desaprendizajes, que reinvente el saber a partir de la vida y que exprese lo aprehendido dejando atrás las abstracciones, que derribe los muros de la intolerancia epistémica y de lugar a una experiencia cognitiva que no deje de lado la emoción, la experiencia vital, la existencia, la tristeza y la alegría. A la dureza de la universalidad abstracta opongámosle la blandura de la singularidad concreta.
Por eso hay que empuñar armas destructivas que sieguen los espacios llenos de malezas. Esas armas deben desarticular la idea de alumno, como la idea de alguien vacío a quien hay que trasvasarle siglos de verdadera sabiduría. Hay que inventar armas que puedan ser empuñadas por múltiples sabientes, ésos que son capaces de enunciar su vivencia y comprensión de la realidad desde las vísceras: en las entrañas hibernan los conocimientos arduamente adquiridos en la vida y las expectativas de lo que quieren saber para transformar una realidad que se ha mostrado inhóspita para las multitudes queer.
Hagamos de la universidad un espacio saturado de política porque toda la existencia humana es política, aún en sus dimensiones más domésticas y privadas. Salgamos de la búsqueda neoliberal de la eficiencia y la excelencia para incursionar en las prácticas del compromiso social y la solidaridad interpersonal, para involucrarnos en la transformación de una realidad ominosa, que sin embargo, la sinergia del poder la presentan como aquello que debe ser internalizado, custodiado y repetido.

Todo acceso de las multitudes queer en el ámbito universitario debe pensarse desinstitucionalizado, es decir, como una actividad marginal conquistada, como un crecimiento monstruoso y clandestino forjado desde la materialidad corporal insumisa e insurrecta e implica un desafío para dar lugar a una libertaria epistemología de la obscenidad y de la perversión,  porque solamente en el ejercicio de la resistencia seremos capaces de contrarrestar el poder de esas epistemes que se presentan púdicas y normales, y sin embargo naturalizan la infamia de la pobreza, de la injusticia, de la guerra, de la discriminación.

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lunes, 3 de marzo de 2014




PALABRAS PRONUNCIADAS POR OSCAR TOMÁS AIMAR EN LA PRESDENTACIÓN DE MI LIBRO.
Sobre El animal que calza.

Cuando jóvenes solíamos juntarnos con Abelardo y algunos otros amigos a tomar cerveza y propinarnos mutuamente, con justificada timidez, textos y poemas. Ya no recuerdo cual de las dos actividades era la excusa para la otra , pero recuerdo que los textos rezumaban un fuerte narcisismo moral. Eramos dramáticos y sacrificiales. Comparabamos nuestra interioridad con el exterior de los otros, y nos sentíamos mejores, claro. Borges nos había definido : jugábamos a ser Hamlet. Nos gustaban los atardeceres, los arrabales y la desdicha. Sin saberlo, por via de guevarismo, eramos muy cristianos. Si advertíamos que algún otro no estaba suficientemente triste, nos sentíamos ofendidos.
Un libro como el que ahora escribió Abelardo, sin recurrencias al victimismo, el sacrificio y la muerte heroica, nos habría parecido frívolo, en aquel entonces . Ahora estamos aquí para celebrar este libro que enaltece la moda, la belleza, el hedonismo. Como cambia uno; está bien que son muchos años, pero también es mucho cambio…
Pero puede pensarse, para volver a vincularnos con los jóvenes que fuimos, que la obra que ahora nos ocupa deriva de aquellas cervezas, más que de aquellas ideas.
El libro se atribuye desde el prólogo algunos defectos ; cierta incompletitud metodológica, residuos filosóficos en su costura expositiva, como dice textualmente el autor, y algunas redundancias. (Las redundancias, dice admirablemente el texto, no deben considerarse estafas autorales, sino balbuceos de adolescente que no da con la palabra adecuada.)
Yo agrego, de mi cosecha, dos defectos que lo mejoran. Uno, cierta arbitrariedad, cierta indiferencia a rendir cuentas, sin las cuales el texto no tendría la potencia anárquica que lo vitaliza.
Y otro, principal, : la inoportunidad. Cuando en la librería vemos la mesa de novedades, especialmente en el género de no ficción, no hay otra cosa que previsibilidades. Polémicas entre periodistas, lanzamiento de basura hacia uno y otro lado de la grieta, diatribas contra el glifosato o la minería a cielo abierto, textos sobre violencia de género o sobre el último caso de bullyng en la Adolfo Alsina.
El acatamiento de la agenda se vuelve oportunismo, y éste previsibilidad, la sensación es un deja vu permanente.
De este libro, en cambio , se puede decir cualquier cosa, menos que lo esperáramos. Por eso creo que, entre tanta oportunidad sospechosa de oportunismo, su imprevisibilidad, su inoportunidad, devienen en un soplo de frescura, un grata sorpresa para el potencial lector.
Lo natural del hombre, dice Abelardo, es su artificialidad. Esto, además de ser una hermosa paradoja, es indiscutible . El hombre empieza a serlo cuando su mano se arma de una herramienta, acto de sofisticación irrepetible, que lo desigualó para siempre de la naturaleza. Mas que los celulares inteligentes, más que las modernas tecnologías, aquel si que fue un acto de sofisticación.
Lo que certifica la humanidad es la artificialidad, podríamos decir con el autor. Y una de las grandes creaciones artificiales del hombre es el erotismo. Que es el resto diferencial humano respecto de la sexualidad reproductiva.
Por eso, considera el autor, el erotismo y sus soportes, la belleza, el placer, el hedonismo, la estética, la moda, merecen ser defendidos. Reivindicados , podríamos decir, por la revolución absoluta. Al contrario que los rumbos que tomó gran parte del pensamiento revolucionario, sacrificiales y suicidas, el autor intenta una puesta en valor de lo hedónico y lo placentero.
Cito textualmente: Soy consciente que hacer radicar el objetivo del obrar político en una conquista hedónica no ha sido un finalismo recurrente en la teoría y la acción revolucionarias.”
Y en otro lugar: “La conquista del placer es el reaseguro de que se transita hacia un cambio radical de la organización social , política y económica vigente.”
Pero el autor acepta que “ la conquista de la felicidad y la derrota del dolor constituyen la condición sine qua non para pensar la moda. Cuando la moda se halla al servicio mezquino e indiferente de los deseos de las minorías opulentas, significa la perpetuación de instituciones, dispositivos y prácticas conservadoras.” En cambio: “ La justicia y la libertad revolucionarias suponen también el ingreso irrestricto y universal al universo de lo frívolo. Porque es importante tener en cuenta, dice , que la renuncia a los patrones de belleza hegemónicos no siempre constituye un éxodo rebelde hacia otros territorios de subjetivación. A veces es una derrota que instaura dolorosas conductas de renunciamiento , cierro comillas. Eso es impecable.
A diferencia de las reivindicaciones básicas, podríamos decir puritanas, de las revoluciones de subsistencia, el grito de Abelardo podría ser, hubiera sido. ¡Todo el placer para los soviets! Salvadas las molestias que este slogan puede ahora provocar en un anarquista…
Es en ese convencimiento, y a esos fines , que el autor centra su mirada en el pie humano, preferentemente femenino, claro.
Es cierto que hay una carga antropológica especial en el pie. Yo mismo nunca me he sentido más humano ni más hermoso que viendo la huella de mi pie desnudo en la arena. Recuerdo haber pensado que a un observador extraterrestre le hubiera bastado la contemplación de esa marca para asegurar la existencia de vida inteligente en la tierra. A pesar de haber sido ocultado, física y conceptualmente, de haber sido interdicto y escarnecido, el pie se las arregló para seguir cargando un valor antropológico potente. Es que es muy humano, el pie humano.
Desde ese punto de partida, desde ese pie, el texto de Abelardo crece durante páginas y páginas, dejando expresa constancia de una lucha . La lucha entre el pensamiento puritano , censor y devaluador , militante irrrestricto de una sexualidad no erótica, meramente reproductiva; y en el otro campo la defensa de su belleza, de su erotismo, de su dignidad , ejercida por el pie humano. Pero el pie también es para el autor una excusa para hablar de la sociedades, de la política, de la historia, de las religiones , de la censura , de las múltiples prácticas sexuales , del anarquismo, del pensamiento de izquierda, de las revoluciones.
Yo pondría , tan solo por molestar y para no contar solo las maduras, una objeción: El libro se propone en el prólogo un espíritu tolerante . No dudo de la intención, pero cierto tremendismo en el estilo, cierta tendencia a usar expresiones muy valorativas, dificultan a veces tan loable propósito. Esquizoide, davastadora, gazmoños, mojigatos, son adjetivos que el autor aplica a órdenes de ideas que no comparte; no digo que no tenga razón, ni que la aplicación de juicios de valor sea negativa, pero hay cierto extremismo verbal que le quita tolerancia a la obra. Pero bueno, después de todo, como observó Sinome de Beauvoir , peor es dejar que las convicciones se degraden a meras opiniones…
Volvamos al texto: el autor no solo se detiene en el pie anatómico, en la frutalidad de los dedos , en la bóveda del metatarso, en la curva alusiva del arco. Se ocupa también del calzado , que es el complemento cultural del pie. Así , desde los high heels, pasando por los polémicos chopines venecianos, los zapatos con plataformas, la bota militar, el zapatón obrero, los tacos altos, las sandalias, hasta las “altas llantas “ suburbanas, de cuñó deportivo, le provocan ideas al autor.
Creo que cabe recordar que las zapatillas deportivas son un botín muy preciado por los delincuentes juveniles. En el orden de ideas de este libro, el ladrón suburbano de zapatillas sería algo asi como la vanguardia expropiadora de la revolución por el hedonismo.
Leyendo este texto nos pasa lo mismo que a Eloísa; nos encontramos con un Abelardo erótico, lujurioso, apasionado . Repetimos la gozosa sorpresa de Eloísa. A propósito, es bien posible que el romance entre aquel filósofo y su alumna haya empezado con tocamientos de pies por debajo del scriptorium en que estudiaban. Se puede imaginar algo más erótico que un roce de pies, el primer roce intencionado, en ese ámbito ascético, monacal? Así se justificaría aquel dístico que decía : “No estudiemos tan de prisa, dijo a Abelardo Eloísa”. Eloísa, sabia , no tenía apuro. Parece que la alumna era, en esa disciplina, la maestra de su maestro. Estaba disfrutando morosamente de esa construcción, ese artificio humano que es el erotismo
NO estudiemos tan de prisa; es el manifiesto del erotismo como ralentización del deseo. Ejercicio que le salió bien caro a su amante, porque el poder lo reprimió por donde entendía que debía hacerlo, privándolo de su genitalidad reproductiva. Es cierto que a ella también; en ese caso, el cuchillo y el convento cumplieron el mismo cometido.
Y ya que en el convento estamos, puede perfectamente pensarse que aquella sanción divina al pecado original no actúa contra la carga sexual del acto, sino contra su carga de artificialidad, es decir de humanidad especifica. Porque lo meramente sexual estaría previsto en el “creced y multiplicaos del Génesis. Pero el animal creado por Dios empezaba a volverse otra cosa , empezaba a artificializarse, empezaba a volverse un hombre, y el creador, que tonto no era, se la vió venir. Y nos expulsó del paraíso de lo natural.

Habrán notado que a veces he emigrado del texto que nos convoca, hacia territorios vinculados por las ideas que el autor prodiga, aunque no visitados estrictamente por él.
Es que también estamos ante un texto que hace pensar en otras cosas: en la cantante de salsa que caminaba descalza por Valparaíso , en Lenin, que dijo “los soldados rusos votaron con los pies”, en las comisarías donde les cortaban los tacos a los compadritos, en Rosa Luxemburgo, que no admitía que su militancia revolucionaria se identificara con la abnegación. Y estando presa se pintaba los labios, y adornaba con flores su calabozo…
Creo que esa facultad de abrirse camino por la imaginación y los recuerdos de cada lector, esa capacidad multiplicadora, esa aptitud del libro para hacernos pensar también en cosas que no dice, es uno de sus atractivos.
En definitiva, estamos ante un orden de ideas que desafía el disenso, que tal vez lo provoca y lo merece, que no servirá todavía para ganar elecciones, pero que tiene el mérito de ponerse a salvo de ciertas derivas negativas que han tentado al pensamiento revolucionario; el amor a la pobreza , al sacrificio,al ascetismo, el culto del verdugo y de la muerte.
Texto nada fácil ni complaciente; colisiona más de una vez con nuestros modos inerciales de pensar , y exige un permanente ajuste de paradigmas. Un texto con el que se puede disentir, pero que nunca deja de provocar, y es una puesta en evidencia de la laxitud con que cotidianamente pensamos.. .Y constituye en definitiva un libro que es para chuparse los dedos…los dedos de los pies obviamente.


El costo del libro incluido el envio internacional es de U$S  30.-



Mis palabras en la presentación del libro:

Este es el texto que preparé para leer en la presentación de mi libro EL ANIMAL QUE CALZA. EROTISMO DEL PIE Y DEL ZAPATO, a la manera de un caprichoso resumen de algunas consecuencias relevantes del libro.

Disoluciones- liviandades- rupturas-ocasos- inicios que, finalmente, precipitan de este ensayo. Son esas vaporosas conclusiones lo que configuran un alegato a favor de su escritura. Los enumeraré caóticamente porque el asunto del libro es el caos, la anarquía, la perturbación y no quiero traicionar el único mérito que un espíritu generoso es capaz de concederle tras su lectura: ser un proyecto de bellas monstruosidades.
1. Erótica baja. Erotismo del pie, descuidado e ignorado por el erotismo noble, alado, virtuoso. No hay afán alguno por hacer de la subversión el punto de apoyo del devenir histórico: apenas si se trata de constatar que la liberación real, fáctica, de los condenados sociales es el corazón de los procesos llamados revoluciones. El pie escondido se rebela en hordas concupiscentes. Por todas partes aparece el pie reclamando un lugar que cuesta admitir, pero que existe. Todavía no hemos vencido el lascivo escozor que nos invade cuando accidentalmente nuestros pies desnudos se rozan con los pies desnudos del otro. No nos pasa con las manos, ni con las mejillas. El temblor erótico nace en el pie.
2. Intelectualismo erótico. Mi libro incumple, quizás, mi propósito de la simpleza verbal para abordar los conceptos. Sin embargo creo que el libro es sencillo, casi frágil en la transparencia de las ideas que propone, porque concibo que todo escrito ensayístico tiene que aguijonear-arder súbitamente en las conciencias sin exigir al lector la recorrida erudita por las vastas bibliotecas previas que abordaron as cuestiones enunciadas. Subyace en esta idea, y particularmente en relación al tema del erotismo, que todos los seres humanos experimentan el erotismo desde su singularidad idiosincrásica, cultural. Sería imperdonable creer que no existe erotismo en la noche amatoria de los desempoderados sociales.
3. Políticas del placer. Los goces están reservados para los sectores dominantes. Un velo sacrificial y un aire opiáceo regula el placer de las masas. Cuando no hay oportunidad coyuntural para el goce, la estructura receptiva del deseo se remite a los cielos montada en la logística de la resignación.
La agenda revolucionaria debe ampliarse necesariamente e incluir la erótica como uno de los perfumados pertrechos que sostienen la lucha social.
4. Subversión ético-hedónica. Casi como un correlato de las políticas del placer, las éticas deben abrirse al hedonismo y romper las puertas del cielo, para que migren nuestras vidas hacia los burdeles infernales. El tacón es un símbolo de esa actitud subversiva. Su diseño acuna la emergencia de las malas intenciones que hacen felices a los seres humanos que desean: dislocaciones de la monotonía matrimonial, frivolización de los adustos reglamentos, carnavalización de la tristeza, insubordinación de los anatemizados.
5. Habilitaciones eróticas. Glamorosa conclusión de este libro es la habilitación de lo escondido en el ropero. El pie y el zapato no se agotan en su ontología reivindicada. Ellos asumen, también, visos simbólicos de todo lo que está escondido y reprimido. Los monstruos definidos en los libros policíacos se asoman sin vergüenzas: es hora de jugar al placer sin máscaras. Las inversiones del carnaval deben volverse normalidad. No es la suspensión por unas horas de la lógica perversa de las sociedades estamentarias: es la habitación permanente en los sitios de la alegría y el placer que no pueden quedar reservados a unos pocos privilegiados.


Desde el exterior pueden pedir el libro por este medio. El costo total del mismo con gastos de envio es de 30 dolares estadounidenses.

viernes, 10 de enero de 2014

EL TACÓN ALTO NO ES UN SIMPLE VALOR DE USO......



¿Un adminículo como el zapato de tacones altos, que no tiene otro objeto que el exaltar el empeine y la curvatura del arco del pie, dentro de qué categoría de valores debe ser incluido? Ese zapato, es, estrictamente un no zapato, es un multiplicador erótico, estético y sexual. El zapato es por antonomasia aquello que cubre, que protege, que proporciona comodidad. Evaluada esta definición, el tacón alto, el no zapato no parece en absoluto un simple valor de uso, sino que parece más bien estar destinado a los intercambios eróticos, como si se tratara de una suerte de moneda con la cual se procura obtener el más preciado de los valores de uso: el disfrute erótico. 

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miércoles, 8 de enero de 2014

EL ANIMAL QUE CALZA...UN LIBRO DONDE EL EROTISMO ES POLÍTICO.

Prólogo.

El libro que tiene entre sus manos es una audaz, aunque incompleta, colección de reflexiones en torno al erotismo y la sexualidad, cuyo punto de partida es una analítica, entre poética y filosófica, del pie y del calzado. La incompletitud de estos apuntes es, por lo menos, doble: a) porque carecen de la pretensión de relevar la totalidad de la temática (por ejemplo, sólo he pensado en el pie y en el calzado femeninos) y b) porque en ningún momento apela a un lenguaje de afirmaciones definitivas o concluyentes. Todo está dicho con énfasis y pasión, pero intentando que cada aseveración se convierta en una convocatoria a la discusión, a la crítica y -por qué no- a la refutación o al asentimiento. Quizás también pueda hablar de una incompletitud formal o metodológica, porque el libro está muy lejos de comportarse como un tratado sistemático, erudito y académico, sino que está concebido como una bitácora donde he registrado los pulsos de entusiasmo que me llevaron a escribir sin que existiera un plan de trabajo previo, preexistente. En ese sentido, defino a mi escritura como anárquica, porque no reconozco axiomas o principios a los que les deba una subordinación teórica absoluta y, por lo tanto, en el devenir narrativo de sus páginas, es posible hallar repeticiones, colisiones y temblores conceptuales. No deberían verse las redundancias en que incurre el texto como estafas autorales sino más bien como balbuceos adolescentes que no cuajan nunca en una palabra categórica e inmodificable.
A la ambigüedad temática abordada, que puede suscitar un escéptico desdén por quienes continúan acatando las pesquisas de la policía académica encargada de preservar la dignidad epistémica de los objetos de estudio, debe añadirse la ambigüedad metodológica en que está escrito esté anómalo texto, pues resulta difícil definir en qué género de la escritura se deben inscribir estas heterodoxas reflexiones. Por defecto profesional, esta colección de pequeños ensayos acusan residuos filosóficos en su costura expositiva y léxica, pero lejos de lo rigurosidad que impone la conceptualización filosófica, he dejado, intencionadamente, que las ideas se deformen hedónicamente en cauces poéticos, literarios y ensayísticos. Por momentos, el libro procura expresarse en un lenguaje directo y claro, pero tales propósitos son abruptamente abandonados cuando siento el peligro de incurrir en vulgaridades inaceptables. También creo imprescindible declarar que, a todas las discontinuidades epistemológicas y formales que el texto encarna, habría que añadir mi voluntad de no renunciar un ápice al carácter político de mi escritura, y, en tal sentido, los sucesivos parágrafos revelan una posición política y un compromiso explícito con objetivos revolucionarios que tengan por objeto favorecer y apuntalar la consecución inmediata del goce hedónico, única dimensión humana con la cual –a mi entender- puede ser medido el éxito o el fracaso de las acciones políticas que declaran como su objetivo la transformación radical de la realidad social. Soy consciente que hacer radicar el objetivo del obrar político en una conquista hedónica no ha sido un finalismo recurrente en la teoría y la acción revolucionarias políticas, porque la austeridad iluminista ha descuidado obstinadamente esta privilegiada dimensión de lo antropológico. Antes bien, el progresismo político parece haberse encarnizado con resultados emancipatorios recatados, minúsculos, ascéticamente republicanos.
El principio del que parto para definir al hedonismo político es mínimo e intuitivo: si una propuesta política no es capaz de hacer felices a las multitudes de sujetos individuales, entonces, esa forma de la política es una mera declaración discursiva que sólo tiene como verdadero objetivo la instrumentación de estrategias y acciones políticas que justifican y consolidan apropiación y acumulación sectaria de poder y verdad en manos de un segmento minoritario (aunque poderoso) de la sociedad. Y aunque no sea asunto de estos apuntes explicitar una teoría de la revolución, considero imprescindible aludir a diversos modos de reapropiación colectiva de esa riqueza material y simbólica que constituye la fenomenología óntica que determina y envuelve la cotidianidad existencial humana. En tal sentido, este libro mostrará que el erotismo constituye una de las dimensiones antropológicas portadoras de intensas gratificaciones, que debe, necesariamente remitirse al conjunto de prácticas y saberes que deben ser expropiadas, apropiadas y reformuladas por las multitudes en su proceso de liberación singularizante.
Soy consciente de que el libro es el fruto de un cúmulo de ideas que dan vueltas por el mundo contemporáneo (no hay forma de escritura que no sea una trasposición del tiempo y el lugar en que se produce) y si llegare a existir una ínfima dosis de originalidad, creo que la misma reside en el acercamiento a la formulación de lo que llamo una moral inmoral: nada de lo que considero verdadero para mí, supone censura al modo en que conciben la verdad los otros, siempre que esas verdades no impliquen la clausura de todo diálogo y no sean portadoras de la supresión fanática del que piensa distinto.[1] Traducido tal principio al más acotado universo del erotismo que me ocupa en este libro, las referencias a las prácticas más duras de lo que podría conceptualizarse, críticamente, como fetichismo de los pies, son escasas a lo largo del libro, simplemente porque no se trata de una cuestión que considere relevante en mis preocupaciones, y de ningún modo habría de inferirse de ello que yo sostenga severos cuestionamientos a prácticas liberadoras y enriquecedoras que tienen por objeto discutir la naturalidad adjudica a la sexualidad paradigmática: la reproductiva heterosexual. Esta es la inmoralidad de la moral aquí defendida: el acercamiento al pie y al calzado proviene de una compleja red de arterias de significación hedónica. El tono de mi libro está inscripto en un melodioso elogio de la belleza del pie, encomio que acepta un universo de posibilidades podológicas, pero que también, se encuentra muy lejos de disculpar una casuística de hechos aberrantes que pueda derivar en cualquier tipo de acto –premeditado o no- de violencia contra la libertad, deseo, integridad y vida del otro.
Es un libro que puede comenzar a leerse en cualquier página porque no se trata de un desarrollo orgánico y sistemático en donde la línea diacrónica del pensamiento marca procesos, estadios, evoluciones. Al tratarse de un libro que yo inscribo en una epistemología de la vida cotidiana, el lector habrá de hallarse con la espontaneidad de lo vital y si hay una cierta crispación conceptual por momentos, yo apuesto a que los mismos serán sorteados por el retorno a un lenguaje corriente, ligeramente embellecido por una estética de la erótica, a la que no podemos renunciar para no arriesgarnos a perder aquellos rasgos que proporcionan la especificidad del animal humano. Sin violentar esto que acabo de referir he añadido un índice que puede servir, en el caso que algún tópico entusiasme particularmente, para volver al mismo con facilidad.
Quiero expresar mi agradecimiento a María Cristina Boiero que ha tenido la amorosa deferencia de leer con detenimiento el original para devolverme sus apreciaciones y correcciones estilísticas. Asimismo, quiero reconocer los aportes y el estímulo que mi esposa, Sonia Domowicz (seguramente desde la parcialidad que mana del amor), me ha brindado durante años en las conversaciones recurrentes que sobre el tema hemos mantenido.







[1] La radicalidad del respeto por las diferencias parece anular mi principio moral. Y en efecto la moralidad de lo inmoral sería un absurdo en sus términos, un contrasentido, si no encontráramos un límite irrebasable: el respeto de la vida del otro configura una norma práctica que decide la pertenencia a la ciudadanía moral. La adjetividad de la inmoralidad a la que aludo refiere a la pluralidad de bienes y fines que puede perseguir una moral sin incurrir en la transgresión del principio de la irrebasabilidad de la otredad. 


 

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