La Perinola

Como en un juego la vida da y quita. Pero la perinola es accionada por fuerzas absolutamente humanas. Pensar la realidad cotidiana es el objeto de estos apresurados apuntes críticos.

martes, 23 de diciembre de 2014

DESEO Y REVOLUCIÓN.



El capitalismo dosifica el tamaño del deseo. No afirmo que el deseo es un absoluto trascendente, pero si enfatizo que la dimensión del deseo sufre la peor de las inducciones mutilantes: la económica-social-cultural. El volumen del deseo se halla en relación directa con los medios materiales y simbólicos con que contamos. Por cierto que las formaciones económicas pre-capitalistas también determinaban desigualdades en la corpulencia del deseo, pero es con el capitalismo y la forma mercancía que el deseo es cooptado por la maquinaría de la producción para la ganancia y se convierte, en su desigualdad, un factor central en la conformación del fetichismo de la mercancía.
El proletario adecua el espesor de sus deseos a las migajas de su salario. La sociedad con sus institutos del suplicio hace circular el conformismo, es decir una actitud anímica de resignación y sacrificio sostenida por vehículos ideológicos que instauran la burla, la mentira y el fraude como componentes normales de la convivencia social: lo fraudulento social dice en diversos códigos que algún día el tamaño de nuestro deseo se incrementará en la medida que se persista en la decencia ciudadana, en la obediencia legal y en la fe trascendente.
Por todo ello es que hablo de la revolución del deseo, esto es una sublevación general que emancipe -aún antes de que se hayan concretado los pasos empíricos en pos de la supresión del falaz espectáculo capitalista- al deseo de todas sus trabas ontológicas para que se convierta en la verdadera medida de lo antropológico. Se trata de desear desmesuradamente, sin cortapisas, sin morales y sin límites legales. El deseo es la medida de la humanidad emancipada.  

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jueves, 19 de enero de 2012

Antropología de la corporeidad: el animal que calza (31)

Sandalia y lascivia.


La sandalia,  diseño desnudo del deseo, evade el mero camino del fetiche. No es en rigor una sustitución: es la prolongación artificial del pie. El pie sutil se viste…Las tiras acarician el empeine y los dedos del pie. El cambrillón vuela en la altura del taco hacia territorios de erotismo. La interpenetración es tan íntima y perfecta que el pie desnudo no necesita desvestirse en el momento de la cópula amorosa. La artificialidad (es decir la naturalidad de lo humano, pues ser humanos no es sino el tránsito vital de la mano de las tecnologías) multiplica el deseo. Las formas, las texturas, los materiales son afrodisíacas en el arduo momento de la entrega.
La curvatura del pie adelanta el cuerpo hacia el goce. Acelera  la consumación estilizando las piernas, las rodillas y la columna. Estar con las sandalias puestas anticipa las vivencias erógenas. El lascivo contacto con las superficies de la sandalia. Escojo la sandalia de tacos agujas y conjeturo la lujuria de las miradas. Pero no se trata de un mero fetiche: es sencillamente el encuentro con nuestra extra corporeidad sensual. No sustituyo la piel y sus sudores y olores: potencio la erogenidad de la piel en el artefacto sensual diseñado al ardor lúbrico del deseo. 

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viernes, 26 de marzo de 2010

Antropología de la corporeidad. El animal que calza (13)






Antropología de la corporeidad.
El cuerpo agota y cierra mi ontología, siendo que es, sin embargo, el pasaje hacia el otro. El pie es el agujero de ese cierre, su fuga. Y esa costura de mi cerrazón se potencia con el calzado como vía de una reunión con el otro, que mira mi pie calzado, que está atento a la dirección del mismo, que de reojos constata su intención de acercamiento o huída. Parece el calzado, pues, un principio ético y político de religamiento. Me dejo mirar por el otro y engalano el pie, dando lugar a una estética singular: el cubrimiento de lo que construyó la cultura occidental como lo menos humano de la corporeidad.
El cuerpo tiene límites espaciales: siendo el arriba y el abajo dos ubicaciones esenciales. El pie me aferra hacia abajo y su hundimiento en la tierra lo alejó del acontecimiento digno e historiable. En ese sentido el pie descalzo acorta mi estatura antropológica. Pero el zapato puede ponerle alas a los pies. Las alas del taco, las alas de la puntilla, las alas de las cintas, aferradas a la pierna, buscan el cielo, me alargan, me separan de la pata, de la garra, del casco. Principio antropológico de nuestra animalidad artificial: el zapato se hace vehículo del deseo de belleza y erotismo, desanimalizándonos

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martes, 28 de octubre de 2008

Juegos, juegos de azar y juegos de supervivencia.


El juego suspende el orden de la realidad. Mientras jugamos la causalidad del mundo se pone en paréntesis. El encanto del juego radica en esa fugaz omnipotencia que nos confiere. Desidentificarnos, cuestionarnos, transformarnos reporta un gozo exquisito. Si bien una gran parte de los niños no necesitan inventar mundos paralelos porque para ellos la fantasía es todavía la ley más frecuente que ordena los fenómenos, el juego, refuerza en ellos la magia de habitar territorios sin límites ni carencias.Para los adultos el juego comienza a ser una huída clandestina. Tanta realidad domesticó el poder de fantasear y solo nos atrevemos a lo lúdico en ocasiones muy especiales y esporádicas. La forma de jugar más frecuente a la que acude el adulto es el juego de azar, juego que severamente condenan las leyes de la seria vigilia y los administradores del recato racional. Pero quien se adentra en el universo de los juegos de azar no traiciona en absoluto la inutilidad u ociosidad de los juegos en general (que una vez que terminan la realidad nos alerta de que el orden del mundo no es el que regía mientras jugábamos), sino que desea radicalizar esa potencia transformadora del juego, desea interferir la causalidad ignominiosa del mundo real: desea que la vida entera se vuelva el juego cotidiano del trabajo, del dinero para comer, vestirse y disfrutar, que las mezquindades que el orden social impone a las grandes mayorías sean definitivamente derrocadas por un dinero que se ha ganado, súbita y fantásticamente, prescindiendo de las espantosas leyes que rigen la obtención de dinero por parte de quienes el único juego que están autorizados a jugar es el de la contingente reproducción de sus propias existencias físicas.

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