La Perinola

Como en un juego la vida da y quita. Pero la perinola es accionada por fuerzas absolutamente humanas. Pensar la realidad cotidiana es el objeto de estos apresurados apuntes críticos.

domingo, 16 de agosto de 2015

Desacrificializar la vida.

Los poderosos urdieron la trama siniestra del sacrificio para someter a todos los vulnerables. Religiones y filosofías fungieron como garantes trascendentes de las situaciones que causan dolor.  Se naturalizó el dolor como peaje hacia un incierto bienestar pospuesto hacia un futuro cada vez más móvil e inalcanzable.
Por eso se trata de perfomativizar teorías desacrificializadoras, decirlas y actuarlas. Atreverse a invertir el dibujo de los cielos y poner en el ahora el ingreso a la vida digna. Desautorizar a todo lo que está autorizado hasta la sacralización. Viejos apotegmas (Ni Dios ni amo), execrados por las inquisiciones monárquicas, burguesas y religiosas tienen que ser recuperados pero ya no sólo como discursos sino como concreciones. El poder de la vida tiene que pasar al pueblo. Hay que conquistar las puertas del infierno, hay que reírse a carcajadas sostenidos por morales de burdel.
La vida no es el sacrificio de recomenzar en la pobreza después de un golpe que te ha dejado aún más pobre. La vida ha de ser la fiesta de reapropiarnos de todo lo que nos fue expropiado tras siglos de tiranías celestiales y vicariatos terrenales. Por el goce, por la dignidad, por la risa: carnavalizar la existencia y hacer que cada día sea una ocasión propicia para disfrazarnos de los que más placer nos cause.

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martes, 23 de diciembre de 2014

DESEO Y REVOLUCIÓN.



El capitalismo dosifica el tamaño del deseo. No afirmo que el deseo es un absoluto trascendente, pero si enfatizo que la dimensión del deseo sufre la peor de las inducciones mutilantes: la económica-social-cultural. El volumen del deseo se halla en relación directa con los medios materiales y simbólicos con que contamos. Por cierto que las formaciones económicas pre-capitalistas también determinaban desigualdades en la corpulencia del deseo, pero es con el capitalismo y la forma mercancía que el deseo es cooptado por la maquinaría de la producción para la ganancia y se convierte, en su desigualdad, un factor central en la conformación del fetichismo de la mercancía.
El proletario adecua el espesor de sus deseos a las migajas de su salario. La sociedad con sus institutos del suplicio hace circular el conformismo, es decir una actitud anímica de resignación y sacrificio sostenida por vehículos ideológicos que instauran la burla, la mentira y el fraude como componentes normales de la convivencia social: lo fraudulento social dice en diversos códigos que algún día el tamaño de nuestro deseo se incrementará en la medida que se persista en la decencia ciudadana, en la obediencia legal y en la fe trascendente.
Por todo ello es que hablo de la revolución del deseo, esto es una sublevación general que emancipe -aún antes de que se hayan concretado los pasos empíricos en pos de la supresión del falaz espectáculo capitalista- al deseo de todas sus trabas ontológicas para que se convierta en la verdadera medida de lo antropológico. Se trata de desear desmesuradamente, sin cortapisas, sin morales y sin límites legales. El deseo es la medida de la humanidad emancipada.  

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