La Perinola

Como en un juego la vida da y quita. Pero la perinola es accionada por fuerzas absolutamente humanas. Pensar la realidad cotidiana es el objeto de estos apresurados apuntes críticos.

martes, 6 de enero de 2015





LAS NORMAS ESTÉTICAS.
Nuestra identidad es un constructo. El capital genético es apenas una estructura muda. Lo  que nos hace humano es el interactuar con el otro. Cuando decimos “yo no soy sólo este cuerpo” estamos diciendo una verdad radicalmente ambigua, porque en rigor, somos la cultura que interpreta a ese cuerpo. Dicho de otro modo, lo que somos excede largamente la corporeidad, pero eso que somos es corpóreo o material también: es la interacción con el otro que se verifica inevitablemente en la empiricidad física o simbólica. Lo que llamamos espiritual no es sino acomodamientos de pensamientos que se producen al amparo de nuestra complejísima biología.
Si por “cuerpo” entendemos la vida psíquica (espiritual) y la estructura endeble de la carne que nos singulariza como especie animal, podemos, también en la ambigüedad, decir que “yo soy este cuerpo”. Cuando en la complejidad los discursos delimitan, ponderan y jerarquizan modelos corporales, nuestro cuerpo puede o no estar dentro de esos arbitrarios paradigmas.
En rigor, nuestra existencia socio-política, supone esa adaptación conflictiva a los modelos hegemónicos. Sentirnos enjuiciados por nuestra fenomenología corporal es el precio de nuestra condición humana. Todo es digno de su supresión: los paradigmas deben ser destruidos por la vida que es dinamismo y fluidez. Pero en tanto no destruyamos los paradigmas excluyentes el acercamiento a la norma consagrada determina el grado de nuestra satisfacción hedónica en el mundo.

Que la belleza es una construcción caprichosa no podemos negarlo, pero tampoco negar que la adecuación o acercamiento a la norma hegemónica de la belleza constituye una poderosa fuerza de satisfacción o frustración emocional-existencial. 

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miércoles, 15 de abril de 2009

Antropología y corporeidad. La norma como suspensión erótica


El recato es la huella del miedo animal en nuestras conciencias despabiladas. Un llamado de atención que se hunde en la paradójica densidad de la insubstancialidad metafísica. La conminación a la decencia, entendida, como mesura existencial, como alistamiento en las huestes de la sublimidad incorpórea. Cuando decimos que la especificidad de nuestra animalidad es la paradójica salida de lo meramente zoológico y la concomitante inmersión en el goce de lo antropológico, no queremos lanzar el panegírico a una racionalidad desanimalizada sino reivindicar una racionalidad sensible, sensual, sensorial, materialista. Una racionalidad que se adhiere a la dulce empiricidad de los cuerpos. Dejar atrás la desnudez animal del animal que viste supone la conquista de formas dignificantes de vida: sólo es erótica la desnudez del animal que viste. Desnudarse, recuperar la frontera sensual de la piel es romper con la norma que, como verdaderas armaduras, cubren nuestro cuerpo angelizándonos. La norma suspende la alegría atándonos al cuidado frente al castigo. El miedo a la desnudez que deviene de la circunspección moral nos sonsaca de lo que visceralmente somos: un animal que viste y se desnuda para festejar la dignificación de una vida volcada en los hedónicos moldes de una existencia política.
Hemos de volver para elucidar los profundos vínculos existentes entre el erotismo y la política emancipatoria.

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